
Durante la Guerra Civil, algunas de las obras más famosas del Museo del Prado emprendieron uno de los viajes más asombrosos de la historia. Una epopeya que cambió el destino del museo y del patrimonio artístico mundial.
Aquí comienza la odisea del Prado.

Considerada la mayor evacuación de arte de todos los tiempos, en ese viaje casi 2000 obras partieron de Madrid. No solo del Prado, sino también del Museo de Arte Moderno, del Monasterio de El Escorial, del Palacio Real y de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

A finales de agosto de 1936, transcurrido un mes desde el inicio de la guerra, el Museo del Prado cierra sus puertas y Pablo Picasso es nombrado director. El pintor acepta el cargo, pero se queda en Francia. El nombramiento fue un gesto más propagandístico que funcional.

Una vez cerrado el museo, se almacenan 250 piezas que figuraban en una lista de emergencia y que debían ponerse a buen recaudo al primer signo de alarma. Se alojan en los sótanos y en la rotonda baja —considerados los lugares más seguros— y se protege el edificio.

Las salas de la mayor pinacoteca del mundo, que alojaban obras de los artistas más renombrados, empezaron a quedarse desnudas, como muestra esta foto de la sala VIII, cuyas paredes estaban decoradas hasta el comienzo de la guerra con pinturas de Veronés, Tiziano y Bassano.

El 10 de noviembre —después de conseguir frenar el avance de los sublevados en varios combates encarnizados a las puertas de Madrid— sale el primer convoy hacia Valencia. Transporta obras de Goya, Tiziano, El Greco, Tintoretto y Velázquez.
La ciudad se encuentra sitiada.

La escritora María Teresa León es designada responsable de la evacuación de las obras del Prado. Se presenta allí con su pareja, Rafael Alberti, y dan cuenta de la penosa situación en la que se hallaba el museo. Se responsabiliza personalmente de la entrega de los cuadros.

El Gobierno, ya en Valencia, quería llevar el tesoro del Prado allí. Muchos preferían no sacarlo de Madrid, pero el edificio recibió 9 bombas incendiarias poco después, confirmando la urgencia del traslado.

Finalmente, sale un convoy. María Teresa León recibe puntualmente la confirmación del itinerario del envío a su llegada a cada población importante. Sufre un pequeño percance en Arganda, pero llega a su destino sin más problemas. La Junta supervisaría las próximas entregas.

Por motivos de seguridad, los camiones circulaban a 15km/h, lo que hacía que tardaran un día entero en llegar a su destino. Por el camino, tenían que pasar controles y transitar por carreteras bombardeadas, cargando con el peso del valor del material que transportaban.

La única obra que sufrió daños de consideración en el trayecto fue, irónicamente, una escena bélica: El Dos de mayo de 1808, de Goya. Al pasar por la localidad de Benicarló, un balcón cayó sobre el camión que transportaba el cuadro, fragmentando el lienzo en pedazos.

A su llegada a Valencia, las obras eran almacenadas en dos lugares: en la iglesia del Patriarca y en las Torres de Serranos. Estas fueron acondicionadas para que pudieran alojar de una forma segura las piezas más valiosas del tesoro artístico en caso de sufrir un ataque.

Mientras, en Madrid, lugares como el Museo Arqueológico o la Basílica de San Francisco el Grande también acogieron obras de arte y objetos valiosos: libros, antigüedades, armaduras y hasta multitud de carrozas, como se aprecia en esta foto de la nave central de la basílica.

Tras varias operaciones exitosas, se ordena la evacuación de San Francisco el Grande —el mayor almacén de arte en ese momento—, ante la posibilidad de que el ejército franquista pudiera entrar en Madrid. Se acelera entonces el proceso de traslado de forma frenética.

Un rumor, acerca de una supuesta donación temporal de algunas piezas al Museo del Louvre, hizo que el Gobierno británico denunciara la falta de transparencia del español. Se invitó a un delegado británico a España para que pudiera desmentirlo.

En Valencia, Sir Frederic Kenyon quiso comprobar que el contenido de las cajas coincidía con las etiquetas y pidió desembalar algunas, incluida la de Las Meninas. Tras confirmarlo, inmortalizó el momento.
La foto se publicó en The Times.

El avance de las tropas sublevadas hacia el Levante amenazaba con dividir en dos la zona republicana, y el Gobierno decide trasladarse a Barcelona. El tesoro artístico se lleva de nuevo a lugares seguros: el castillo de Figueras y el de Peralada.

Es entonces cuando aparece Josep Maria Sert —pintor que mantenía vínculos con el entorno franquista desde el extranjero—, quien convence a un gobierno republicano en ciernes de que el destino más conveniente era la sede de la Sociedad de Naciones en Ginebra.

De nuevo, las obras sufren un precipitado y arriesgado traslado. Mientras muchos españoles intentan abandonar el país, el valioso cargamento consigue cruzar la frontera. Cuando llega a su destino, acompañado por una delegación de la Junta del Tesoro, toda la misión peligra.

Con el reconocimiento del gobierno de Franco por parte de Suiza, la Junta de Defensa del Tesoro Artístico —presidida por Timoteo Pérez, representante republicano presente en el país helvético— pierde autoridad y competencias.
El futuro del tesoro es incierto.

Finalmente, se consigue pactar la entrega en el destino acordado, aunque, tras la derrota del bando republicano, es el régimen franquista el que ultima los detalles de una exposición con las joyas pictóricas del Prado en el Museo de Arte de Ginebra.

A principios del mes de octubre de 1939, antes de que finalice la exposición, Alemania invade Polonia y comienza la II Guerra Mundial. El traslado a España se complica: el tesoro, forzado a salir por una guerra, enfrenta otra mayor a su regreso.

El tren viajó con las luces apagadas para evitar ser blanco fácil de las bombas. Varios cuadros estuvieron a punto de terminar destrozados, ya que excedían la altura de los túneles por los que tenían que pasar. Un ferroviario suizo se percató y se pudo evitar el desastre.

Su llegada a Madrid fue presentada por el régimen franquista como una victoria propia, aunque solo gestionó el tramo final del retorno desde Suiza.
El grueso del esfuerzo lo realizaron quienes protegieron el tesoro, algunos arriesgando su vida por él. En el documental del año 2004 Las cajas españolas se cuenta esta historia con más detalle.

Así finaliza el periplo más grande jamás protagonizado por un tesoro artístico: la odisea del Prado. Un épico viaje que logró devolver todas las obras intactas. Gracias a quienes lo hicieron posible, hoy podemos disfrutarlas en el mismo lugar desde donde una vez partieron.

Esta ha sido la historia de cómo se salvaron algunas de las obras más famosas del Prado. Pronto revelaremos dónde se conservan las más desconocidas. Obras, como El dos de mayo de Goya, marcadas por la guerra, que sobrevivieron sin moverse de su sitio en un lugar inexplorado del museo.


